Xóchitl

 Hay momentos irrepetibles. Instantes tan genuinos como la vida misma. Si logras despertar tu consciencia, los identificas: son un tesoro que permanece para siempre, y no habrá polvo ni ceniza que los borre.


He recordado a Xóchitl, una amiga especial de mi etapa universitaria. La conocí ahí. En una ocasión irrepetible, hizo algo especialmente para mí: un encanto fantástico que se
volvió un recuerdo imborrable.


Llegar a ese estado requiere consciencia y reflexión, sobre todo cuando atraviesas malos momentos. Yo vivía emociones grises, depresivas. Uno busca escapatoria en el silencio de sus pensamientos, lejos de los demás, solo para seguir adelante. La depresión afecta de formas distintas: provoca apatía y te impide ver la realidad en la que otros viven lo opuesto. Así estaba yo, hasta que Xóchitl lo cambió.


Me encontraba pensativo y callado en el hueco de una escalera, entre dos edificios de la universidad. Era muy temprano; aún me sentía adormilado esperando el inicio de clase. Estaba solo en aquel descanso, en silencio, con la mirada perdida. A lo lejos se escuchaba una melodía; una voz tan dulce y sutil que al principio ignoré, hasta que fue imposible no prestarle atención. Ella bajaba lentamente las escaleras, entonando hermosamente “Con los años que me quedan” de Gloria Estefan. Había escuchado esa canción tantas veces que la reconocí al instante. Y me atrevo a decir, con respeto, que su interpretación fue tan encantadora como ella misma. No dudó en invadir mi espacio ni escatimó en pudor al hacerlo: me sujetó de los hombros y terminó la estrofa mientras yo salía del trance depresivo.


“…Sé que aún me queda una oportunidad, sé que aún no es tarde para recapacitar, sé…” cantó mirándome a los ojos, envuelta en una alegría tan natural que parecía su atuendo. Esa felicidad suya arropó mi timidez. Conmovido por su voz, no me fijé si lo hacía bien o mal; la imaginación construyó el bolero sin músicos pero con música, y me trajo de vuelta, olvidándome de mis problemas. Cuando terminó la estrofa sonrió, pellizcó mi mentón y, dando media vuelta, siguió su camino llenando de canto aquel pasillo.


Ya no me sentí solo.


Ahora, cuando escucho a Estefan, la oigo a ella.


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