El Club de las casitas.
Durante la adolescencia me venían muchas ideas a la cabeza. La mayoría relacionadas con hacer o construir lo que sea; lo que estuviera en mi mente y a la mano. Era fanático de los clubes formados por los amigos. Estaba entusiasmado con algunas referencias del cine que filmaban el tema. Recuerdo bastante bien alguna de ellas como: “Stand by me”, “el club de los cinco” y “Los Goonies”. Incluyo la adaptación del libro a película animada de: “las aventuras de la infancia de Tom Sawyer", un niño que crece en el período anterior a la Guerra de Secesión en «St. Petersburg», una población ficticia, de la costa del río Misisipi inspirada en Hannibal (Missouri) , donde creció el autor de esta historia. Y mejor aún, los episodios de “Los niños perdidos del ‘Nunca Jamás’, Historias de Wendy y Peter Pan”.
Además de mis influencias y mis amigos de la cuadra también contaba con habilidades constructivas que copiaba de mi padre que es obrero albañil; él me darían el empuje para crear una “casita club” para mi y mis cuates. Los intentos por acercarme a lo deseado fueron sumando fracasos uno a uno hasta dar al clavo. Construíamos en diferentes lugares, nos equivocábamos y volvíamos a empezar una y otra vez. Lo idóneo era hacerlo en un lote abandonado, un gran árbol con suficiente sombra o alguna propiedad sin terminar por construir casa.
La materia prima sería indispensable e indiscutiblemente lo más importante después de la idea. Recuerdo varias ocasiones en las que el grupo de mis amigos cuestionaba la fuente de extracción o el origen de las mismas para llevar a cabo nuestro plan de construcción. Muchas veces emprendimos camino a la vagancia por los alrededores alejándonos de nuestros hogares para rastrear e ir en busca de lo que sea que nos sirviera para continuar.
Era una aventura juvenil. Teníamos en el club a mi hermano menor Juan, y a mis inseparables vecinos de enfrente: Ricardo, Luis y la única niña Lila: hermana mayor de ellos dos; no era muy entusiasta para apoyarnos del todo, pero importante tenerla en el club.
Las vacaciones eran lo más codiciado para nuestros intentos porque contábamos con casi las 24 horas del día para avanzar. Había noches que dormíamos tarde y al ir a la cama caímos rendidos aún con la mente ocupada. Cada uno de los integrantes aportaba algo durante las juntas. Había quien llegaba con fruta picada, agua de sabores, helados para las jornadas e intensas soleadas.
Cada que llegaba la noche era mi momento favorito. Encendíamos velas dentro de lo que íbamos contruyendo porque en esa etapa no contábamos con luz eléctrica o servicio de alumbrado publico, asunto sin pretextos para seguir en lo nuestro hasta que alguien más se encargara de encender una fogata para mejor iluminación. No faltaban los gritos y los regaños de nuestros padres o vecinos curiosos. Aún así teníamos un plan.
Una de esas casitas fue levantada durante un periodo de lluvias -recuerdo-. Fue junto a la casa de Lila y sus hermanos. Su padre, quien no confiaba mucho en lo que hacíamos; reprobaba nuestras actividades y sin saber que eran los inicios de aprendizaje sobre la vida; Organizar algo así era un reto que cualquier maestro se sorprendería por poner en práctica nuestros inexpertos conocimientos. Existía colaboración, trabajo en equipo, esfuerzo, tenacidad, matemáticas, ingienería, risas, convivio, ejercicio al aire libre y pequeños “accidentes”.
Cuando nos hacía falta algún elemento para su construcción tomábamos cosas sin permiso como herramientas o madera que tenían en resguardo; “cosas con las que no se juega", —dirían ellos. Nos excedíamos en el afán de avanzar y querer finalizar; buscabamos desvelarnos mas de lo permitido. Finalmente debíamos poner a prueba la resistencia de esas <<Tiny Houses>> de ensueño, así que alguien debía quedarse dentro de ellas un tiempo récord y conocer sus debilidades. -Les recuerdo que llovía-. Varios de nosotros intentamos prolongar nuestra estadía pero la lluvia “…soplaría, soplaría y soplaría muy fuerte” hasta derrumbarla y con ella nuestros ánimos. Claro que la casita club se vino a abajo y algunos nos mojamos; batidos en lodo, regañados, cuestionados, sobre todo heridos emocionalmente y resfriados.
Las carcajadas venían unas a otras cada que recordábamos lo sucedido. Los sermones de los adultos eran interminables, pero ignoraban que estábamos poniendo a prueba lo que nos depararía con en el tiempo...construíamos nuestro futuro.
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