El Jinete sin cabeza
Cuando niño viví etapas muy placenteras con respecto a mi padre. Siempre tuvo una guitarra para hacerla vibrar ante mis oídos. Solía tocar y cantar, podía hacerlo acompañado a veces de un vaso de brandi y un par de cigarrillos. A mi madre no le agradaba del todo porque decía que era perder el tiempo, que él no era músico, que dedicara a trabajar, pero eso nunca le impidió continuar con su hobbie.
Al anochecer, cuando era hora de ir a dormir y no conciliaba hacerlo me cantaba esa canción. Primero me preguntaba cuál quería y comenzaba tocar algo de ‘Cri-crí’ sabiendo que le pediría la de ‘El Jinete’ y mientras lo hacía me imaginaba a un charro montado a caballo con su guitarra colgada de la espalda. Junto a su corcel zigzagueaban abatidos en medio de la noche ya sin ganas de vivir.
Lo que mi padre no sabía y no le he contado aún, es que me imaginaba al charro sin cabeza (risa involuntaria, lo sé). Como La leyenda del jinete sin cabeza: “Sleepy Hollow”, que fue adaptada para libros y películas. Al menos eso era lo que un infante podría imaginar de aquella canción de José Alfredo Jimenez que relata la historia de un charro mexicano que ha perdido a su amada y vaga errante durante la noche pensando en remediar su tristeza rogando que la muerte le lleve también y reunirse con el amor de su vida.
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