EN EL CAMION
En ocasiones escuchaba una dulce voz
hablar de experiencias un tanto precoces, sacada de una revista de notas baratas,
pero me fascinaba poner atención a su voz.
Me relajaba y también continuaba
embrujándome.
Había paseos largos desde mi casa hasta
el bachiller trepado en el camión público siempre atiborrado. Un traslado encantador
si era acompañado por su voz. De preferencia durante la estación invernal donde
era más receptivo y sensible a momentos encantadores. Las charlas que sosteníamos durante el
corto viaje se hacían largas si le dejaba hablar sin parar. Cuando cesaba el
encantamiento de sus pláticas nos abrumaba el silencio y terminaba una sesión
sobre mis hombros.
Me gustaba caminar largas cuadras, sólo o acompañado hasta
acumular varios kilómetros de la escuela a mi casa por las tardes. Me percataba
de apreciar las suaves partículas de polvo en el viento que golpeaba mi rostro. El cansancio por
efectos de las caminatas no mellaba mis pensamientos sobre aquellos momentos al
caminar sobre las banquetas repletas de señales de tránsito que simulaban darme
algún paradero de aquella voz o pitidos escandalosos de los autos al pasar que
me avisaban para voltear y mirar los camiones y divisar si gritaban mi nombre, pero al final, sólo escuchaba el susurro de mi consuelo pidiéndome que me subiera al camión para comprobar que no era ella.
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